Montería es una ciudad con alma de pueblo: se moderniza y, aun así, no pierde su capacidad de asombro. Aquí las novedades no pasan de largo: se miran, se comentan, se vuelven plan. Lo que importa es estar ahí para después decir: “yo estuve”.
Cuando abrió el primer local de Kokoriko en la calle 41 con Circunvalar, no fue una inauguración: fue evento social. Dos cuadras de fila durante días. La gente no iba solo por pollo; iba a mirar, a ser parte del “momento”. Y eso que los celulares todavía no tenían cámara.
Algo parecido ocurrió con la primera escalera eléctrica, en el super almacén Magali París. No llevaba a ningún lugar extraordinario, pero ella sí lo era. Se hacía fila para montarse, subir y bajar. Muchos no iban a comprar; iban a sentir cómo la modernidad se movía bajo los pies.
Y está el cuento del primer semáforo: calle 27 con 3.ª. Mi amigo Edgardo Lorduy González —que sí lo vivió; yo aún no nacía— dice que el plan no era cruzar: era ir a ver el semáforo. La gente se reunía en esa agitada esquina y cantaba el cambio de luces: “verde, verde… rojo, rojo… pasa, pasa”. El aparato no regulaba el tránsito, sino la emoción colectiva por el avance tecnológico.
Esa es Montería: una ciudad que todavía se detiene a mirar lo extraordinario.
Por eso no debería sorprender lo que pasa estos días en las riberas del Sinú. En plena emergencia invernal, con riesgos reales, hay gente a lado y lado del río como si fuera la llegada de una etapa de la Vuelta a Colombia: carros y motos parqueadas, celulares en alto, esperando “ver pasar algo”. Solo que aquí no hay espectáculo: hay agua y peligro.
La psicología lo llama curiosidad morbosa: atracción por el riesgo cuando uno cree estar a distancia “segura”. Mirar el peligro activa emociones intensas sin sentirlo propio. Y se suma la psicología de masas: en grupo, el juicio se pierde y la emoción colectiva pesa más que una advertencia.
Desde la comunicación, el rumor corre más rápido que la información técnica. Una cadena que anuncia una avalancha “a tal hora” tiene relato, suspenso y clímax. Un boletín oficial tiene datos. Y, en la sociedad del espectáculo, como advirtió Guy Debord, casi todo termina convertido en evento: para verse, grabarse y compartirse.
Se espectaculariza el riesgo: la emergencia se vuelve contenido, el ciudadano espectador y el celular en un transmisor de lo que aún no ha pasado… y ojalá no pase.
Montería sigue siendo este pueblo grande que se asombra. Pero ya va siendo hora de distinguir entre lo que vale la pena ir a ver… y lo que es mejor entender —y respetar— a distancia.
Jefe de programa de Comunicación Social – Unisinú.