Director de la UNGRD “resucita” tras jalón de orejas de Wadith Manzur
En medio de la peor crisis por inundaciones que golpea a Córdoba, cuando miles de familias siguen contando pérdidas y esperando auxilios que no llegan, por fin hubo señales desde Bogotá. El representante a la Cámara Wadith Manzur lanzó un duro sablazo al Gobierno Nacional, apuntando directamente al director de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), Carlos Carrillo, exigiendo ayuda técnica inmediata para enfrentar la emergencia.
La frase no pasó desapercibida y retumbó en el ambiente político: “Suelte el Twitter, necesitamos acción”, disparó Manzur, en lo que muchos interpretan como el llamado que habría despertado del letargo a la entidad encargada de atender desastres en el país.
Pero más allá del ruido político, en Córdoba la realidad sigue siendo otra: más de 18 mil familias continúan esperando ayudas reales, maquinaria, obras de mitigación y recursos que, hasta ahora, no se han materializado. La pregunta que comienza a rondar en la opinión pública es incómoda pero necesaria: ¿dónde está la UNGRD cuando el agua no da espera?
El reclamo no es aislado. Otros congresistas cordobeses, como Julio Elías Vidal, también han alzado la voz ante lo que califican como una preocupante falta de gestión. Casos emblemáticos como La Mojana vuelven a la conversación, recordando intervenciones que nunca se ejecutaron, como el cierre definitivo del crítico punto conocido como Caregato.
A Carrillo le llueven críticas. Para algunos sectores, la entidad pasó de estar en el ojo del huracán por escándalos de corrupción a convertirse en un elefante lento, sin la capacidad de ejecutar las obras urgentes que el país necesita para reducir el riesgo.
Mientras tanto —y aunque el presidente Gustavo Petro, hijo de esta tierra caribeña, conoce de cerca la vulnerabilidad de la región— la ayuda nacional sigue sin aterrizar con la contundencia que exige la tragedia.
💬 En Córdoba el mensaje es claro: menos redes sociales y más soluciones. Porque cuando el río crece, la burocracia no puede seguir nadando a otro ritmo.
La presión política aumenta… y las comunidades, con el agua al cuello, no están dispuestas a esperar mucho más.