Volver al terreno, a la hoja y al papel

Hace unos días, el director de El Espectador, Fidel Cano, reconoció de cara al país que durante meses el diario publicó informaciones inventadas: textos con fuentes falsas creadas por un practicante apoyado en herramientas de IA. Dolió porque se trata de una de las instituciones periodísticas más respetadas, el diario del inmolado don Guillermo Cano. El medio pidió disculpas, bajó las notas y anunció una revisión de sus filtros editoriales.
Más allá del golpe a la credibilidad, el caso es un espejo para todos: medios, sí, pero sobre todo academia. Si en “el diario más prestigioso del país” se cuelan noticias falsas elaboradas por un practicante, ¿qué está pasando con la formación en las universidades?
Desde espacios como la Federación Latinoamericana de Facultades de Comunicación Social (Felafacs) se viene pensando la IA con más calma que furor. El libro Inteligencia Artificial y Comunicación Social: Perspectivas Críticas desde América Latina reúne miradas que nos tocan. Vanina Canavire y Melina Balceda describen la IA como “amplificador cognitivo”: potencia, pero no sustituye. Mariana Baduzzi se pregunta si puede ser “inocente” una herramienta que opera con datos y sesgos que casi nunca controlamos desde el Sur (América Latina).
Tal vez ha llegado el momento de volver al lápiz y al papel.
En las aulas de comunicación y periodismo, es una realidad: la tentación del atajo está instalada. Un estudiante se enfrenta a una crónica o un ensayo y, antes de intentar la primera línea, ya abrió la ventana de la IA, sin darse oportunidad de pensar ni de incomodarse con la temida hoja en blanco, que es donde empieza a entrenarse la creatividad y el criterio.
No soy enemigo de la IA. Sería absurdo. Creo que hay que usarla bien: para ordenar ideas, verificar datos, explorar enfoques. Pero no puede reemplazar eso que solo da la reportería: el olor de la calle, la mirada al entrevistado, el silencio después de una pregunta difícil, la duda cuando un dato no cuadra.
Propongo atrevidamente de contrarrevolución pedagógica: volver al cuaderno, al mural, a los trabajos a mano, a desconectarnos. No por nostalgia, sino por método. Escribir a mano y a conciencia obliga a bajar la velocidad, a tachar, a reescribir, a procesar. En una hoja pegada en la pared el error se ve, se discute, se corrige en grupo y produce esa vergüenza necesaria de la exposición de lo que presento a los ojos de los demás.
No se trata de escoger entre papel o tecnología, sino de ordenar las etapas: primero la cabeza, luego la herramienta. Primero el papel, después teclado y al final algoritmo. En tiempos de noticias falsas y textos escritos por máquinas, esa simple secuencia puede marcar la diferencia entre un operador de pantallas y un periodista con criterio propio.
Por Orlando Benítez Quintero