Opinión

El arte de no pisar a nadie

Por: Mariangela Del Rosario Mercado

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Hay quienes suben a costa de los demás, convencidos de que la vida es una carrera donde el éxito solo se logra aplastando al otro. Pero lo verdaderamente grande en el ser humano no está en vencer, sino en avanzar sin herir, en crecer sin destruir, en brillar sin apagar la luz ajena. El arte de no pisar a nadie es, en el fondo, el arte de vivir con decencia.

En el trabajo, en el amor o en los espacios sociales, se repite un patrón: personas que no respetan el esfuerzo ajeno, que se apropian de ideas, que invaden relaciones, que usan al otro como escalón. Parecen triunfar, pero lo hacen a través del daño. Y ese tipo de éxito, aunque parezca alto, no tiene suelo firme. Es la gloria hueca de quien ha perdido el alma por una medalla.

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Decía Dostoyevski: “Si quieres ser respetado por los demás, respétate a ti mismo. Solo así obligarás a los demás a respetarte”. No hay respeto verdadero sin ética personal. Quien traiciona para avanzar, tarde o temprano, se traiciona a sí mismo.

En el ámbito laboral colombiano hay ejemplos claros. Muchos recordarán cómo Gabriel García Márquez, en los años sesenta, sufrió el menosprecio de editores y críticos que no creían en Cien años de soledad. Aun así, nunca respondió con odio ni con intrigas; trabajó con paciencia, con fe en su obra. Su éxito no se edificó sobre la envidia o el desprestigio de otros, sino sobre la autenticidad y el respeto por su oficio. Esa es la diferencia entre el que pisa y el que crea caminos.

También Henry Ford decía: “Reunirse es un comienzo; mantenerse juntos es un progreso; trabajar juntos es un éxito”. En tiempos donde muchos confunden competencia con guerra, esta frase recuerda que el progreso no nace del pisoteo, sino de la cooperación. Lo vemos en comunidades locales que crecen cuando se apoyan mutuamente: artistas que se recomiendan, emprendedores que se impulsan, mujeres que se acompañan en lugar de compararse.

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Hay quienes, en cambio, construyen su felicidad a partir del daño. Les seduce la idea de arrebatar, de usurpar, de ocupar un lugar que no les pertenece. Pero esa felicidad es efímera. No hay alegría verdadera en lo robado. Como escribió Laurence Sterne: “El respeto por los demás guía nuestras maneras; el respeto por nosotros mismos, nuestra moral”.

No pisar a nadie no significa dejar de luchar. Significa luchar con dignidad. Significa reconocer el mérito ajeno, cuidar lo que no nos pertenece, no romper lo que otro construyó con esfuerzo. Significa, sobre todo, no envenenar la vida ajena para endulzar la propia.
No pisar a nadie significa honrar la historia de los demás, esa que no conocemos, porque ignoramos las batallas que esa persona ha librado para llegar donde está. Significa mirar al otro con empatía, entender que cada quien carga su propio peso, y que una palabra, una acción o una omisión pueden marcar la diferencia entre sanar o herir.

Cuando un triunfo no le quita nada a nadie, entonces es puro. Cuando una alegría no nace de la herida del otro, entonces es limpia. El arte de no pisar a nadie es también el arte de dormir en paz, de mirar atrás sin vergüenza, de tener las manos llenas de logros y no de culpas. En una sociedad que premia la astucia, ese arte es un acto de valentía.

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Porque al final, lo que se siembra siempre vuelve. Y quien camina sin pisar, deja huellas, no cicatrices.

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