“El tendero: memoria viva de nuestros barrios”
Por : Mariangela Del Rosario
Los tenderos tienen un lugar especial en la vida de cualquier colombiano que se respete de clase media. Son parte de nuestra historia, de la memoria que nos une al barrio y a la vida cotidiana.
Recuerdo que mi papá era visitante asiduo de las tiendas. No solo un domingo como hoy nos convocaba allí a sus hijos para tomarse unas cervecitas, sino que, aun con plata en el bolsillo, no podía evitar la tentación de tener su cartoncito con la cuenta pendiente. Cartón de Marlboro o de Kent, eso era lo de menos: lo importante era tener el crédito tipo MasterCard y sin tope.
Los tenderos han estado ahí desde que tenemos uso de razón. Mis hermanos y yo íbamos al kiosko de don Ignacio a comprar panelitas de limón, por allá en los años 80. Después, nos pasábamos a la tienda de doña Ibet, frente a la iglesia de La Castellana, a comprar hilos y agujas para mi mamá. Ese lugar ya no existe, pero en mi memoria sigue intacto: con sus estantes de madera, sus dulces envueltos y ese olor a barrio que solo una tienda puede guardar.
Cuando regresé a Montería en 2013, con mi hijo de apenas seis años y sin carro, lo primero que hice fue hacerme amiga del tendero frente al conjunto El Recreo —Ferbel, le dicen, aunque nunca supe por qué—. Su generosidad llegó al punto de prestarme la moto para llevar a mi hijo al colegio. En ese entonces no existían Indriver y las rutas de buses no pasaban por allí. Ese gesto sencillo, pero inmenso, fue un salvavidas en medio de la rutina diaria.
Hoy, vivo cerca de “Villeguitas”, y sé que ahí, detrás de su mostrador, tengo no solo un comerciante de confianza, sino un vecino que hace parte de mi vida. Porque un tendero no es solo quien vende lo del día a día; es quien guarda la historia de los barrios, quien escucha, quien en muchas ocasiones salva mesas cuando el salario no alcanza, y quien nos recuerda que el comercio también tiene alma.
“El tendero: memoria viva de nuestros barrios”
Los tenderos son guardianes de nuestras pequeñas historias. Están en las primeras salidas de la infancia, en las compras de última hora, en las conversaciones de esquina y en la vida diaria que se teje con afecto y solidaridad.
Por eso, hoy celebro el Día del Tendero con gratitud y respeto. Porque ellos son más que un eslabón del comercio: son parte de nuestra identidad, de nuestra resistencia y de nuestra vida en comunidad.
¡Feliz Día del Tendero! A esos hombres y mujeres que, desde su tienda de barrio, sostienen la confianza, la memoria y el corazón de Colombia.