Festival de la Chicha: 50 Años, Homenaje a mi padre, Ricardo José Madera Escobar
Por Ricardo Madera Simanca
Los recuerdos más preciados de mi padre no están necesariamente ligados a sus últimas batallas en la clínica Imat Oncomedica, aunque de esos momentos obtuve grandes lecciones de vida. Lo que realmente atesoro son los instantes compartidos con él: las tardes en la hamaca del patio de nuestra casa en La Pradera, donde, entre enseñanzas, historias y décimas, disfrutábamos de un delicioso jugo de níspero con leche.
Recuerdo también las transmisiones de béisbol infantil a las que lo acompañaba y el tablero de tiza en la pared, su herramienta para enseñarnos a mi hermana Sara Marcela y a mí a pensar con claridad y resolver problemas. Las madrugadas compartidas esperando el bus en la calle 37 con 2 y 3, rumbo a El Carito, eran pequeñas aventuras llenas de complicidad.
Diciembre transformaba nuestra rutina en una fiesta familiar y comunitaria: el Festival de la Chicha. En ese escenario, mi papá era mi rockstar, rodeado de tíos, primos y amigos. Con su atuendo especial preparado con cariño por mamá —pantalón caqui, camisa blanca, abarcas, mochila y su característico sombrero vueltiao—, él era la voz oficial del evento, llenando el ambiente de alegría, oralidad y tradición.
El Festival de la Chicha no era solo una celebración; era una escuela de enseñanzas y legado. Allí, monterianos como la señora Nileth y su familia, el profesor Francisco Vásquez y los suyos, la señora Denis Otero y el señor Walter, junto a sus hijos, se deleitaron de una tradición que promovía el valor del compartir familiar. Había actividades para grandes y pequeños, y el espíritu de comunidad se fortalecía en cada encuentro.
Por el festival pasaron grandes juglares de la tradición oral, como Rafael Pérez López, José Antonio Petro “El Conservador”, María de los Santos Solipá, Dionisio Rodríguez Betancourt, Rafael Segura, Rodriguito, José Manuel Sánchez, Ricardo Pérez Vidal, Lázaro Cantero, José María Pérez, Juan Doria Durango, Manuel Silvestre Páez, Milton Norberto Pérez, Manuel Francisco Banquet, Rafael Gonzaga Berrío, Gregorio López Martínez, Jaime Luis Doria Doria y Marceliano Mejía, entre otros. También escritores como Manuel Zapata Olivella, Delia Zapata Olivella, Niña de Frideman y Augusto Amador Soto llegaban con días de antelación, hospedándose en casas como la de mi abuelo, ‘Papá Rico’. Sus cantos resonaban en los patios, impregnando el aire con cultura como rocío en la mañana.
De niño, participé como pintor en los concursos infantiles, guiado por las clases de mi primo Nafer Díaz. También bailé, aunque cueste creerlo, en el fandango pasiao, y me atreví a subir a la tarima chichera para cantar décimas. Pero este relato no se trata de mí, sino de todos los niños que vivíamos el festival como un legado, como un testigo que se pasa en la carrera de la vida.
La única corraleja que conocí en El Carito fue la parodia del toro de carnaval, tras las competencias del saca la cera, la mula, la tortuga, la silla voladora, el trompo a la olla, el muerto esmolongao y la vara de premios. Estos juegos costumbristas llenaban el festival de risas y gritos. En el reinado regional, las candidatas, representantes de la esencia sinuana, no competían por su belleza —que se daba por hecho—, sino por su autenticidad y conexión con las raíces.
Uno de los momentos más icónicos del festival era el concurso “El que más tome chicha”. La bebida, ese emblema milenario del territorio, tenía tres variantes: Guarrú, Cotorrona y Afrecho. El maestro Alfredo Torres Ibáñez la inmortalizó en la escultura “Homenaje a la Chicha” del parque principal. En el concurso, la voz de mi padre se volvía inconfundible con su llamado: “¡13 vasos! ¿Para o sigue?”.
Juan Gossaín dice que no quiere volver a su tierra, San Bernardo del Viento, porque los de antes ya no son los mismos. Quizás tenga razón el adagio que asegura que todo tiempo pasado fue mejor. Sin embargo, la verdad es que desearía que mis hijos, Naty y Ricardo José, hubieran disfrutado más de su abuelo y de esas experiencias que marcaron mi infancia. Entre ellas, el Festival de la Chicha, que siempre recordaré y atesoraré como un emporio de tradición. ¡Que su esencia viva siempre en nuestros corazones!