Opinión

Héroes invisibles: los comunicadores y la injusticia del regaño

Los periodistas y comunicadores sociales que se desempeñan en entidades gubernamentales o territoriales, sin duda, enfrentan una labor titánica. No solo son responsables de comunicar a la ciudadanía las acciones de los mandatarios, haciendo visibles los avances y el cumplimiento de sus promesas de campaña, sino que tienen la delicada tarea de gestionar la reputación de las instituciones que representan.
Esto, va mucho más allá de simplemente informar. Es un trabajo que requiere habilidad estratégica, una comprensión profunda de la comunicación como un puente entre el gobierno y los ciudadanos, y una sensibilidad para conectar de manera genuina con las necesidades de la gente.

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Estos profesionales no solo son la voz de los mandatarios, sino también sus sombras. Están allí día y noche, siempre al servicio de la imagen y la reputación de los gobernantes, a veces sacrificando sus vidas personales en el proceso. Sin embargo, con demasiada frecuencia, su esfuerzo se minimiza.

El arduo trabajo de estos comunicadores muchas veces se instrumentaliza, reduciéndose su intrépida y experta elaboración de productos comunicacionales, a despectivos mínimos, “videitos”, “las foticos”, “los diseñitos”, por parte de quienes ni en su vida han buscado en el diccionario, aquellas palabras de las que no saben si quiera como es su correcta escritura. Y es que siento que les cuesta admitir el conocimiento y la preparación que se necesita para llevar a cabo estas tareas de manera efectiva y significativa.
Esta desvalorización de su labor no solo es frustrante, sino que también subestima el impacto que su trabajo tiene en la percepción pública y en la relación entre el gobierno y sus ciudadanos.

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El rol de estos comunicadores va más allá de la simple difusión de lo que se hace y cómo se hace. Ellos deben pensar continuamente en estrategias de comunicación que humanicen al mandatario y lo acerquen a las personas que gobierna.

Su trabajo es hacer que el gobierno se vea más humano, sensible y cercano, para que los ciudadanos sientan que se está trabajando por ellos, por sus necesidades, y no simplemente cumpliendo con una agenda política. A pesar de este arduo compromiso, su esfuerzo muchas veces pasa desapercibido, y peor aún, cuando algo falla, ellos son los primeros en recibir los reclamos.

En momentos en que las encuestas no favorecen o cuando los rumores corren, son los comunicadores y periodistas de los equipos de gobierno, los que suelen ser llamados a rendir cuentas, enfrentando el enojo y las frustraciones de los demás, recibiendo regaños, miradas de ira, y palabras hirientes que amenazan con su estabilidad laboral. ¿Por qué, me pregunto, siempre recaen sobre ellos las consecuencias de errores ajenos? ¿Por qué son ellos los primeros en ser culpados cuando quienes deben asumir responsabilidades eligen ignorarlas? Estos profesionales son incondicionales. Se esfuerzan cada día por mostrar lo mejor del mandatario y de la institución, muchas veces alejándose de sus familias, o esperando largas e inclementes jornadas de trabajo, todo con el objetivo de cumplir con una labor que va mucho más allá de sus responsabilidades.

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Es necesario reflexionar sobre cómo se trata a los periodistas y comunicadores en estas instituciones.
Cuando se les responsabiliza por lo que no han hecho, cuando se les da un ultimátum de despido de manera constante, a lo que les toca guardar silencio para no potencializar la rabia infecunda de quién desconoce el talante de los incondicionales hombres y mujeres que están a su lado; no solo se menosprecia su trabajo, sino también su dignidad como profesionales.

Estos valientes vasallos de la comunicación, son quienes más desean que le vaya bien al mandatario, porque si el gobierno y la institución son exitosos, ellos también lo serán.
Sin embargo, a menudo, son quienes cargan con los errores de otros, quienes son llamados a responder por aquello que no les compete.

Es hora de valorar la labor de los periodistas y comunicadores, su sentido de lo humano, de reconocer que ellos no son cualesquiera, sino los artífices de un impacto social profundo, que su compromiso y su dedicación son esenciales para el desarrollo de cualquier gestión.

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Subvalorar su trabajo es subvalorar el esfuerzo que hacen para que la imagen de la institución y de su líder se mantenga intacta, y eso, en definitiva, es un error que no podemos permitir. Estos profesionales merecen respeto, reconocimiento y, sobre todo, gratitud por el papel fundamental que desempeñan. Que no se siga nublando el juicio, por querer hacer valer los egos.

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