Opinión

De la admiración al delirio presidencial

Por: Jorge Fernando Gómez

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Al iniciar estas líneas debo ser honesto con los lectores y darles a conocer que por más de 15 años fui elector y promotor del actual presidente de la República, y que mi opinión es fruto de la madurez y responsabilidad política que se consigue con los años, activos valiosos para quienes con vanidad posamos como auténticos demócratas. Reconociendo que la objetividad al igual que la perfección no existen, pero que no hay que desfallecer en alcanzar tales ideales.

Siendo adolescente me gustaba ver el canal del congreso y escuchar las intervenciones de los llamados padres de la materia. Llamó poderosamente mi atención las intervenciones del entonces representante a la Cámara Gustavo Petro, un orador estupendo que irradia inteligencia y seguridad en
sus discursos. Quise indagar más sobre él y me tomó por sorpresa que su origen orense (aunque yanos dimos cuenta que el presidente de cordobés muy poco), pues, en este tiempo los únicos políticos que escuchaba en mi departamento eran los López.

Después de ser un destacado estudiante en un colegio privado, separaciones familiares influyeron en mi rendimiento académico y dejé de serlo. Pero al tener de ejemplo a unos de los mejores congresistas de la historia del país, este inspiró en mí el amor por los libros. Me convertí en un lector asiduo y comprendí que el estudio de manera autodidacta es el mejor de todos. Esto siempre lo voy a reconocer y agradecer.

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En medio de la campaña presidencial de 2010 tuve la oportunidad de conocerlo. Parecía contradictorio que un tipo que tiene el don de la palabra a su vez podría llegar ser muy tímido, aunque daba luces que levitaba por su capacidad intelectual, como si sólo en él habitara la materia gris, no lo entendí en ese momento por inmadurez y fanatismo. Sin embargo, ese año fue donde Petro alcanzó su más alto grado de brillantez política sin importar el resultado electoral.

Sabía que el paso por la Alcaldía de Bogotá era solo un trampolín para poder llegar a la Casa de Nariño, y compartía la apreciación con el alcalde “humano” que dirigir el Distrito Capital técnicamente es más complejo que liderar el país, los problemas y lógicas son complejidades absolutas. Y así como reconozco que fue el mandatario más perseguido que se recuerde, comencé a valorar que Petro era un excelente político, pero no necesariamente un buen administrador o estadista. Pero le daba la venia al creer que su proyecto político era nacional, no local.

En el 2018 ya no me parecía la panacea, pero le bastaba para ser a mi parecer el mejor político del país y consideraba sumamente necesario que al caudillo de Uribe le saliera al frente otro caudillo. Soy de fijarme mucho en el desempeño de los candidatos en los debates y creía que solo Vargas Lleras y apartes de Duque le hacían frente al guante elocuente de Petro. Sin pena digo que esa capacidad de llenar plazas me cautivó, pero supe que no le alcanzaba para ganar, pero si pasaba a segunda vuelta en 4 años sería presidente si a Duque le iba por lo menos regular.

Llega 2022 y simplemente sostuve que Petro era el menos malo, el tribuno del 2010 ya era cosa del pasado, además no tenía rivales serios, Hernández, Fajardo y Gutiérrez eran unos impresentables.

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Gaviria, pero Alejandro, de notable estatura intelectual no es político y electoralmente no era rival para Petro aunque este lo respetaba mucho. Petro debió ganar en primera vuelta, pero los numerosos errores de su campaña no lo permitieron. Pero hoy podemos decir que fue grato que así sucediera su victoria.

Por fin el “hijo del pueblo” llega a la máxima instancia de poder y confirma lo que sus detractores decían y algunos temíamos, es un improvisador por completo que no le interesa gobernar sino hacer campaña permanente. Un sujeto que busca ser recordado como mártir y no como mandatario de
improntas. Un presidente que busca enemigos por doquier para justificar su incapacidad como gobernante, alguien que se quiere convertir en líder mundial cuando ni siquiera entiende que en el país se gobierna también para quienes nunca estarán de su lado.

Conformó un gabinete desigual en perfiles y méritos, y terminó sacando a los mejores, como fue Ocampo, el polo a tierra y Gaviria el delicado pero interesante (no confundir con Gaviria el que se ganó la Presidencia en un funeral) porque rivalizan con sus decisiones y lo contradecían en privado y público. Sí, Petro resultó ser todo un déspota. Ni contar como conformó con su lapicero las listas a Senado y Cámara del Pacto Histórico y las transacciones que hizo con los partidos tradicionales para tener unas mayorías que poco duraron. Ni las más aberrante derecha se atrevió a algo así.

Petro es verborrea y poquísimo más.

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Me preocupa que el fanatismo petrista, menor en volumen que el fanatismo uribista en la mejor época de popularidad del ganadero, es más fiel y obediente, y serán el sostén para que en todo el período presidencial Petro crea que gobierna bien a pesar de las élites que niega en público, pero pacta con ellas hipócritamente en privado.

Asumo mi cuota de responsabilidad en la zozobra que se acrecienta. Pero no me arrepiento, esto servirá para que a más colombianos les interese la política sin importar que les guste o no. Porque no somos un país político como nos han dicho.

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