La Ley del Talión: Ojo por ojo, diente por diente

Esa noche apliqué esa Ley, mi conciencia no quedó tranquila, no lo disfruté.
Por: Julio Alberto Manzur Abdala
La Ley del Talión reza que un mal acto debe ser contestado con otro semejante. “Ojo por ojo y diente por diente”. En esa dura ley me apoyé en los albores de 1980, para resarcir sin dolor de conciencia ni remordimiento, el respeto al juego limpio, que bien había adquirido entre los cientos de buenos jugadores de la tierra de mis amores, Cereté.
No estoy seguro de haber actuado con proporcionalidad, pero sí con premeditación y con el espíritu de un duende alegre lo festejo con mi pluma, no sin antes invocar perdón por esa acción no propia de un corazón noble.
Desde mi juventud me enamoré de la llamada disciplina de la mente, posicionada como gran activador del cerebro humano, pues se le atribuye entre otras ventajas, retardar la aparición de la enfermedad del Alzheimer: el juego de Dominó.
La fiebre del dominó hizo metástasis en Córdoba constituyéndose así en uno de mis pasatiempos favoritos, al cabo de un tiempo terminé siendo un buen jugador del llamado “juego cruzado” — dos contra dos — y de apuestas de dinero que se hacían entre los jugadores y los mirones que se sentaban alrededor de la mesa, a ellos, cariñosamente, los llamamos “patos” y eran los encargados de vitorear o criticar las buenas y malas jugadas. Fueron esos patos, los que nos aplicaron a mi hermano y a mí “la trampa colectiva” (forma inmoral de obtener ventaja para ganar), que dió origen a esta historia y a la posterior revancha, cuando apliqué La Ley del Talión.
EL PRIMER JUEGO
Unos tímidos toquecitos llenos de amor de mi mamá, me despertaron,
miré el reloj que marcaba la 5 de la mañana. Me sobresalté. Hijo, me dijo en voz baja, te busca tu compadre Miguel Camargo.
“El Poli”, como con aprecio le decíamos, estaba sentado en la oficina de mi casa y sin rodeos, me disparó: — al médico Manzur — como llamaban a mi hermano Jorge Said Manzur — lo están pelando en una mesa de dominó en mi casa, no quiere dejar de jugar, está medio dormido y con algunos tragos.
Sin pasar por la ducha, ante la premura que requería el mensaje, me trasladé al barrio Santa Teresa donde se llevaba a cabo aquella masacre de tres contra uno, es decir, el que debía ser aliado de mi hermano era cómplice de los famosos “patos apostadores”, eso lo pude apreciar apenas llegué, era un espectáculo despreciable, una carnicería, en aquel escenario se pisoteaba todo lo bueno de este juego ciencia.
Levanté a mi hermano de la mesa, lo acosté en una hamaca, cambié al socio que jugaba con él y me senté a jugar con aquellos supuestos amigos, aceptando de paso las apuestas de todos los presentes. Mi mente estaba fría, calmado y sin prisa revolví aquellas 28 fichas rectangulares, blancas por fuera y con puntos negros en la otra cara; una ira sorda se acumulaba en mi interior, pero guardé prudente silencio. Tres horas después, había obtenido el desquite recuperando lo perdido por él; le devolví el dinero y le pedí que se fuera para su casa; se despidió con un abrazo agradecido y un te quiero hermano.
Reconozco que soy amante de ese juego, así que continué jugando, vino un trago, luego otro trago y muchos más, rancheras y vallenatos alegraban el ambiente y mi espíritu, al poco tiempo los patos, que más bien parecían tiburones atraídos por la sangre, olieron la presa y el dinero fácil, poco a poco volvieron a acercarse con disimulo y, ya en la tarde, con mis tragos encima, yo, que me considero malicioso, había caído en la misma trampa que le tendieron a Jorge Said. Me dieron duro, sin asomo de lástima y sin piedad, tarde y noche. En la madrugada del domingo ya perdía una fuerte suma de dinero cuando acepté los consejos de mi compadre “El Poli Camargo” de retirarme, me levanté de la mesa tragueado y adolorido, con tristeza y el rabo entre las piernas, subí al carro y me fui a la casa a rumiar la dolorosa derrota, comprendiendo que había sido víctima de una guerra avisada.
Esa noche, a pesar de los tragos no pude conciliar el sueño y, tendido en la cama, empecé a tejer mi revancha, mi desquite, aplicando la famosa Ley del Talión.
EL DESQUITE
Yo conocía perfectamente al “Pichifli”, muchas veces fue mi compañero de juego, era un joven poseedor de un talento y una memoria privilegiada para el conteo mental y el análisis de las fichas de los demás jugadores, esa noche había sido, con quién llamaré en este escrito, El Cerebro, la dupla oponente en ese juego que se guarda en la memoria colectiva.
Al Pichifli, que no apostaba porque no tenía dinero, le habían compensado muy bien su “trabajo anterior” y no lo disimulaba. Lo busqué y le dije lo que sentían mi ego y mis bolsillos lastimados, le conté mi plan. Él, que parecía avergonzado por lo que había sucedido, aceptó aliarse conmigo para llevar a cabo la aplicación de la ley del Talión. ¡Un apretón de manos selló aquel pacto justiciero!.
La venganza es un plato que se sirve frio, dijo Quevedo, y esa fue lo que hice, ejercer el don de la paciencia en espera de que algún otro día se repitiera aquella reunión de tristes recuerdos, donde mi orgullo fue vapuleado. La noche esperada llegó: la mesa estaba servida, todos los “patos apostadores” presentes en la casa de mi compadre El Poli Camargo, mi deseo se cumplía con generosidad dos meses después, digo con generosidad, porque aquel juego de dominó tuvo amplia promoción y multiplicó la presencia de otros que soñaban con desplumar a Julio, el marrano…
EL MARRANO
La mesa dispuesta, el cuchillo afilado para el degüello, el dominó de estreno; las apuestas se abrieron, el “Pichifli” llegó como quien no quiere la cosa yy se sentó frente Al Cerebro. Más de veinte personas a quienes le atraía el dinero fácil estaban dispuestas a pelar aquel marrano gordo. Concentrados en su ambición desmedida no podían sospechar lo que se les venía pierna arriba, en sus rostros leí la impaciencia para el asalto… Miguel, mi compañero de juego, se sentó frente a mí, el gran juego iniciaba.
La única regla que impuse esa noche fue ¡Afuera patos!
Quedamos solo los 4 jugadores en el recinto, acepté todas las apuestas en mi contra, jugábamos a las 50 pintas y como en las riñas de gallos, desde el inicio, nuestros contrincantes recibían buche y sangre, morcillera, pulmón… Todos los golpes conocidos en el argot gallístico azotaban a los oponentes una vez y otra vez y otra… Ganábamos con una facilidad que asustaba, ya afuera empezaban a escucharse los murmullos de angustia de los patos lastimados y perdedores, obligando al Cerebro a levantarse de la mesa para calmarlos y así siguieran apostando. La masacre económica se adueñó de la noche, aquel juego se constituyó en una pelea de burro amarrao con tigre poseído por el diablillo de la revancha.
Sin embargo, en mi rostro no se dibujaba la esperada sonrisa del triunfador, sabía que no estaba actuando con elegancia ni dignidad; ya al amanecer del domingo no cosechaba felicidad, mi conciencia me castigaba, el orgullo no era mi compañero, estaba oculto.
A esa hora las pérdidas de los “Patos” eran cuantiosas, en mis ojos no existía la piedad, no podía existir, la afrenta debía ser saldada, la lección aprendida con dolor, la Ley del Talión la aplicaba impertérrito “Ojo por ojo, diente por diente”…
EPÍLOGO
El que se creía muy vivo, El Cerebro, aquel contendor sin nombre propio, el socio del “Pichifli”, descubrió que la estocada había sido limpia, que le habían pagado con la misma moneda al observar en los días siguientes al duelo, que Miguel, mi socio, y el “Pichifli” estrenaban zapatos, ropa y pagaban las parrandas con el producto de su trabajo bien ejecutado, fríamente calculado. El cazador se sintió cazado, bien sabía que le habían pagado con la misma moneda. Una sonrisa pícara acompañó su silencio mientras se alejaba, aquel rabo heredado se le notaba entre las piernas.
En el juego de Dominó el azar y la suerte siempre están presentes, pero en este encuentro no tuvieron otra salida que ser espectadores pasivos de una victoria concertada, de película.
¡Aquel juego mental con las fichas de dominó nunca se volvió a vivir, la lección estaba aprendida, la amistad con todos los patos presentes permaneció con el tiempo!
Julio del 2021.