Protestar es un derecho, bloquear es un delito

Por: Marcos Daniel Pineda García
En medio de la profunda crisis que vive nuestro país, ver a tantos jóvenes llenos de ímpetu ejerciendo su derecho a la protesta con marchas y manifestaciones, me llena de motivación, porque demuestran su interés en transformar las cosas y en luchar no solo por su presente, sino también por su futuro. Es una fuerza transformadora que aclama un cambio.
Defender una posición y unirse al clamor colectivo por un mejor país, es una forma de hacer política. Sin embargo, es triste que unos pocos se aparten de la protesta pacífica, contaminando la causa inicial y llegando incluso a atentar contra los derechos del mismo pueblo al que quieren representar.
Y es que para manifestarse, no hace falta atacar el patrimonio público; es inaudito que en ciudades como Bogotá, haya sido destruido el 30% de Transmilenio, un sistema masivo de transporte que moviliza un promedio de 2,65 millones de personas al día. Estoy seguro que ningún joven con buenas intenciones sería capaz de hacer algo semejante.
Puede que las marchas generen caos en la movilidad, pero tienen un principio y un final y después de ellas, la dinámica de las ciudades continúa. Caso contrario sucede con un bloqueo, en el que ocurren hechos tan graves como cortar el paso de alimentos, suministros médicos y proveedores de oxígeno (¡en medio de una pandemia!), elementos esenciales para salvar cientos de vidas; evitar el libre tránsito de personas enfermas y la restricción total de la movilidad, ¡eso sí que es un delito!
Ni qué decir de las manifestaciones que se empañan con acciones vandálicas, en las que se destruyen bienes públicos y privados o se ensañan contra monumentos, que hacen parte de la memoria histórica del país y del patrimonio material de muchas ciudades. ¿Es que tirando una piedra sobre una ventana o quemando la estatua de El Libertador, se van a arreglar los problemas del país?
Por otro lado, han sido infortunados los momentos en los que la fuerza pública ha pasado de acompañar a intervenir. Lamentables han sido muchas de estas intervenciones, en las que justos han pagado por pecadores y en las que no está claro hasta qué punto el uso legítimo de la fuerza deja de serlo y se convierte en violencia injustificada.
Bienvenidas las marchas y la protesta pacífica, aplaudo el sentir de millones de jóvenes, pero que los logros de esta dura jornada no se oscurezcan por el delito de bloquear el país, que únicamente ha servido para agudizar la crisis económica, porque no solo afecta a los transportadores y a miles de productores, sino que también vulnera los derechos fundamentales de millones de colombianos.
Todos esperamos una pronta concertación en las tardías negociaciones que se adelantan, no podemos vivir en una protesta eterna. Me uno al sentir de un pueblo que quiere un mejor país, pero invito a todos los que hoy participan de las manifestaciones a no usar el camino de la violencia para hacerse escuchar, podemos encontrar en el diálogo una salida pacífica que conlleve a decisiones y genere el cambio positivo que todos esperamos.