Opinión

La reforma que mata la democracia

Por: Jorge Gómez Córdoba

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Petro desde el 2010 estuvo pregonando que, con alguien como él y su contenido programático, Colombia cambiaría y para bien. Finalmente contó con venia electoral para llegar a la Casa de Nariño acompañado de una nutrida bancada de congresistas que luego significó en una abrumadora coalición de Gobierno.

Es decir, el Presidente del cambio tenía al parecer todo lo necesario para la aprobación de una fuerte agenda legislativa que le permitiría realizar lo que vociferó por años en las plazas públicas del país. Pero pasó por alto algo crucial, y es que su victoria no fue arrasadora, necesitó de una segunda vuelta donde la casi otra mitad de electores del país no quieren reformas abruptas. Petro debió entender desde el 7 de agosto pasado que tenía que matizar su propuesta.

Es tan así que, a las improvisaciones del Gobierno, el nombramiento de ministros nefastos y a las polémicas del hijo y del hermano del Presidente, se suma un paquete legislativo truculento que busca ser aprobado a la brava. Todo un caldo para perder un capital político en más de una década en un santiamén.

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La más conocida de las reformas ha sido la de salud, la cual cuenta con el rechazo hasta de los mismos electores de Petro, no por creer que el trabajo de las E. P. S. sea esplendido, sino porque no tienen ni la más mínima de lo que sería un nuevo sistema de salud propuesta por una ministra soberbia que a pesar de que es una profesional de la salud, no cuenta con la experticia necesaria en el tópico de salud pública. Este es un típico caso de es mejor malo conocido que bueno por conocer.
Las reformas laborales, a las pensiones y a la justicia, tienen componentes técnicos que no provocarían tanta indignación en la opinión pública como se quisiera. Pero preocupa en demasía que esté pasando de agache la más peligrosas de las reformas, la política.

Tres son los poderes públicos, Ejecutivo, Judicial y legislativo, siendo este último el más importante de todos, por lo menos en teoría. Y es que los padres de la patria (senadores y representantes a la Cámara) hacen y reforman las normas que deben cumplir el poder público en pleno. Pero para sorpresa de muchos, Petro, el que se jacta en decir que es el más demócrata de los políticos del país quiere que los congresistas se perpetúen en el poder sin la menor posibilidad que los asistentes al Capitolio se renueven. La obligación de las listas cerradas, la repetición de los mismos congresistas en las próximas elecciones y la dictadura del bolígrafo es de los más antidemocrático en la historia política de Colombia.

La posibilidad de que los congresistas sean ministros y puedan volver al congreso. ¿Pero qué es esta recocha? Es tal el adefesio de la reforma política que hasta el más fiel y fanático de los petristas, Gustavo Bolívar, se ha opuesto a ella. Es que debemos negar la posibilidad de que en la cuna de la democracia se perpetúen personajes como Susana Gómez, la que se enorgullece de ser drogodependiente; Agmeth Escaf, quien cree que la política es un casting y Miguel Polo Polo, un carismático locuaz muy irresponsable pero lastimosamente con audiencia.

Es tan irónica la reforma política de Petro, que el espléndido congresista que sí supo ser el actual Presidente, jamás habría tenido la oportunidad de hacer sus famosos debates de control político si Gaviria, Samper, Pastrana o Uribe, hubiesen propuesto tal canallada política.

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La élite intelectual de la antigua Grecia nos enseñó que la democracia no es el mejor de los sistemas políticos, pero sí el más conveniente de aplicar. Hoy estamos a cuatro debates de que el camaleónico de Roy Barreras le haga la tarea a Petro.

Queda nuestra esperanza en que los congresistas conservadores, liberales, de la U y algunos otros, salven nuestra frágil pero siempre preferible democracia. Amén.

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